“Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos” Génesis 35:2

En Jeremías 17:9-10 leemos que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Contesta Dios, “Yo Jehová que escudriño la mente.” Raquel, como cualquier otro, tenía un corazón engañoso y ella sola no lo podía cambiar. Tal cambio es una obra de Dios. Por esto Dios pide “Dame tu corazón” (Proverbios 23:26). Él desea transformarnos a la imagen que sea de su agrado. En su amor para con nosotros, Dios permite que suframos aflicciones. Como Dios dijera un día a los Israelitas, las experiencias en el camino fueron “para probarte, para saber lo que había en tu corazón, … y para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de lo que sale de la boca de Jehová … para a la postre hacerte bien” (Deuteronomio 8:2-3, 16). En el corazón de Raquel se encontraban dos afanes opuestos. Ella anhelaba la bendición de Dios y también deseaba aferrarse a los ídolos, los valores de su juventud. El corazón de Raquel no era peor que el de otros, ni más voluntarioso. Pero en vez de rendir a Dios su vida, ella eligió mandarse sola. Esta decisión errada produjo el egoísmo que aumentó sus problemas y a la vez le hizo más difícil vivir en sociedad con las otras personas.

Un ídolo en la vida siempre ocupa el lugar que pertenece a Dios y es un estorbo para el desarrollo de una vida santa. Los ídolos no siempre son de greda, o yeso, o madera, sino pueden ser la ambición, o el deseo de poseer más que lo que el Señor nos ha dado. Estos ídolos quitan del corazón toda posibilidad de contentamiento y deja un corazón vacío, amargado, y oscurecido, es decir, no iluminado por el amor de Dios. En nada le sirvieron a Raquel los ídolos robados. Le llevaron a ella a mentir, a peligrar su vida, y afectar la comunión con toda la familia y su relación con Dios.

Jacob decide por fin regresar a Betel, lugar donde primeramente conoció a Dios al abandonar el hogar de sus padres (Génesis 35:3). El nombre Betel significa “casa de Dios”. Después de tantos años y muchas experiencias, había llegado a conocer a Dios, no solo como el “Dios de sus padres,” sino como el “Dios de Israel,” el nuevo nombre que le había dado el ángel de Dios. Sabía Jacob que los dioses ajenos no tenían lugar en la casa suya, pues era un hombre bendecido por el Dios verdadero. Jacob hizo un llamado a todos de su casa a abandonar todos los dioses falsos que había entre ellos. Génesis 35:4 relata que estos ídolos quedaron enterrados debajo de un árbol antes de partir. Es significativo que Raquel haya entregado lo que había sido una causa de estorbo en su vida impidiéndole a disfrutar de la comunión con Dios. Fue muy oportuno pues ella ha de emprender lo que iba a ser uno de los últimos tramos de su vida. “Ahora es el tiempo aceptable” para abandonar cualquier cosa que pueda impedir nuestra comunión con Dios. –daj

(Continúa)

Lectura Diaria:
Éxodo 37:1-29 [leer]
/Salmos 89:19-52 [leer]
/Hechos 22:1-21 [leer]