“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Mateo 5:3

En el sermón de la montaña Jesús nos da a conocer la carta magna del reino de Dios. Los principios que rigen en la esfera del dominio de Dios  Estos son los valores y las cosas que son apreciadas por Dios a través de todas las edades. Aprendemos que la miseria es la llave de la felicidad. Está escrito que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). La evidencia demuestra día a día que no se puede llenar un vacío espiritual con cosas materiales, pues el mundo no satisface. Debemos aprender que el evangelio no ofrece cosas para esta tierra y que este mundo es el lugar equivocado para obtener la felicidad. La Biblia nos advierte: “No améis el mundo ni las cosas que están en el mundo” (1 Juan 2:15). Salomón desde la antigüedad también nos recuerda que  “todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2).

En su sermón, el Señor nos entrega un manual para la vida que es contrario a todo lo que el mundo valora y exalta. En el mundo se reconoce al autosuficiente, al que tiene los recursos para lograrlo todo. Sin embargo Jesús nos enseña que el primer requisito para ser bienaventurado es la pobreza en espíritu y esta palabra “pobre” enfatiza el estado de extrema necesidad y dependencia. En nuestra condición natural somos incapaces de tener algo para mostrar u ofrecer como bueno de nuestra parte para con Dios. El pecador siempre quiere o pretende llevar algo de su propio mérito a Dios, de presentarle algún fruto propio. Lo cierto es que quien pretenda alcanzar bendición de parte de Dios debe reconocer que su condición es precisamente todo lo contrario, es una condición de pobreza espiritual extrema. Todo hombre debe llegar a un profundo sentido de indignidad, de vacío, de no dar el ancho delante de Dios. Esto es lo primero que debe suceder en la vida de cualquiera que pretende entrar en la esfera de las bendiciones divinas.  Nadie aún ha entrado en el Reino en base al orgullo.

La puerta es estrecha y el camino angosto (Mateo 7:14). El hombre debe despojarse para cruzar por ella. La pobreza de espíritu es la única forma y hasta que no somos pobres en espíritu, Cristo no es nunca precioso para nosotros porque nos miramos a nosotros mismos. Hasta que no vemos nuestras necesidades, nuestra desesperación, nuestra justa e inescapable condenación, no veremos la gloria de Cristo y su persona y obra sin par. Es aquí donde debemos empezar para ser salvos, y aquí es donde recién podemos comenzar a vivir una vida cristiana de bendición, donde no hay espacio para el orgullo. Pobre es, por lo tanto, todo aquel que ha dejado la autosuficiencia para con Dios. La actitud correcta para con Dios es la de un mendigo, avergonzado y escondido, necesitado, quebrado, dependiente y desesperado en lo interior…  y Dios no es indiferente al que se sabe necesitado.

 

Salmo 34:18 Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu

Isaías 66:2 pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra

Isaías 57:15 Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.

 

Podríamos preguntarnos ¿por qué son bienaventurados los pobres en espíritu? Son bienaventurados porque el resultado de su condición y actitud les llevará a mirar a Cristo y a recibir la salvación por la fe en la obra de la cruz. Esta actitud sincera del alma es común a todos los justos de la antigüedad y es el requisito necesario para recibir la gracia de Dios. Esta es la manera de ser salvos y esta es la manera de vivir. ¿Cuál es la actitud del lector? rc

 

Lectura Diaria:
Ester 2:1-23 [leer]
/Zacarías 12:1-13:6 [leer]
/Apocalípsis 19:1-10 [leer]